Lajiribila - Revista de Cultura Cubana

Ivan Mazuze

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Buscando nuevas almas musicales

La vida de este jazzista ha sido un constante ir y venir por el mundo sonoro. Aunque su formación elemental fue de música clásica, desde muy pequeño estuvo vinculado a las melodías tradicionales de Mozambique, su país natal. Esa relación natural con las raíces rítmicas ha constituido un aspecto central de su carrera musical. Tras concluir los primeros estudios con 16 años, formó parte de grupos tradicionales mozambiqueños, lo cual amplió sus conocimientos sobre el universo sonoro nacional. “Esa experiencia de trabajo me permitió relacionarme con la forma de hacer de los músicos de mi tierra y enriquecer el estilo, en el cual siempre ha estado muy presente mi herencia cultural”. A los 18 años, Mazuze ingresó en la Universidad de Ciudad del Cabo en Sudáfrica, que era la única en la región que tenía la calidad necesaria en los estudios universitarios. Tiempo después realizó, también en este país, una maestría en Etnomusicología, encaminada a profundizar en el conocimiento de las costumbres musicales de Mozambique.

 

Luego, llegó a Noruega en esa búsqueda constante de nuevas almas musicales. Allí radica actualmente y dirige una banda formada por artistas africanos, escandinavos y norteamericanos. En esa exploración constante arribó también a La Habana por estos días, para deleitar al público del Festival Internacional Jazz Plaza 2012 con una melodía bien singular, resultado de la mezcla de ritmos de diferentes nacionalidades. En una de sus presentaciones compartió el escenario con “el joven y talentoso” Yasek Manzano y tal como expresó: “esa unión le dio otra dimensión a la interpretación porque cada persona tiene algo novedoso que aportar y esa conjunción de formas de hacer, enriquece mucho la creación”. 

¿Cuánto ha aportado la música escandinava a tu estilo personal?

Cuando me mudé a Noruega empecé a escuchar la música de otra manera. Me tomó algún tiempo comprender el tipo de jazz que allí se hace, que es muy diferente al que yo conocía. Obviamente, nunca había vivido en un país tan frío y menciono el clima porque es importante para el ambiente y la creación. Comprendí que los cambios de estaciones en Noruega, proporcionan a los músicos diferentes motivos de inspiración. El hecho de trabajar con ellos me ha dado la posibilidad de acercarme a nuevas formas de crear, que también están presentes en la música que hago.

Sudáfrica es una plaza de jazz significativa en el continente africano, ¿qué importancia tuvieron para tu formación como jazzista los estudios que realizaste en ese país?

La Universidad de Ciudad del Cabo tiene una larga tradición de estudios dejazz y la ciudad tiene una vida musical muy activa sobre todo en relación con este género. Además de estudiar, tuve la oportunidad de formar parte de muchas bandas reconocidas e interactuar con músicos muy talentosos; eso siempre es fundamental para toda persona que está comenzando a formarse. Una vez que obtuve el título universitario, decidí buscar mis raíces y por esa razón, inicié una maestría enfocada en la música ritual de posesión mozambiqueña. Toda esta enseñanza me ofreció las herramientas necesarias para componer e interpretar y también para comprender mi cultura. Ahora creo a partir de los conocimientos clásicos pero también a partir de mi experiencia como africano que estuvo relacionado desde la niñez con la música tradicional de su país.

¿Cómo es el panorama musical actual de África, sobre todo en relación con el jazz?

Es un debate muy interesante en el que, necesariamente, tenemos que hablar de Sudáfrica, que ha popularizado el jazz desde la década de los años 60 del siglo XX a través de músicos sudafricanos que estaban exiliados por haber luchado contra el Apartheid. Esas personas encontraron un modo de expresión en la música y específicamente en el jazz. Dichos elementos históricos han estimulado el desarrollo del género en la nación, hecho que también está muy vinculado al desarrollo económico que permite potenciar la cultura y difundirla como embajadora del país.

En Sudáfrica existe un departamento para el derecho de autor y una potente industria musical. Esto ocasiona que las del resto de las naciones dependan de la sudafricana pues es la única que presenta garantías legales para los autores. Por ese vehículo impulsor tan fuerte muchos artistas, sobre todo los jazzistas de la región, han sido influenciados por los estándares comerciales que establece Sudáfrica como coloso musical. No significa que los otros países carezcan de raíces propias, sino que los creadores viven el dilema de seguir o no los patrones del mercado, que garantizan una amplia difusión en los medios de comunicación.

Para mí es muy importante que la música que hago tenga un carácter personal, que me identifique como músico mozambiqueño. Mis estudios de etnomusicología me permiten identificar y tener presentes en las composiciones, las melodías características de mi tierra y diferenciarlas de las sudafricanas a pesar de la fuerte influencia.

¿Qué valor le concedes a la continuidad de estudios en la carrera de un músico?

Es fundamental embarcarse en la búsqueda de nuevas formas y elementos; por eso es útil continuar estudios de postgrado. A la vez, el músico debe tener la posibilidad de trabajar con otros artistas que le enriquezcan sus conocimientos y sus maneras de expresión. En mi caso, siempre estoy en la búsqueda de nuevas almas musicales. Por eso toqué junto con Yasek Manzano y he trabajado con el pianista cubano Omar Sosa que fue invitado en mi disco Ndzuti y con quien tengo un proyecto llamado Ensamble africano. Omar Sosa llegó a mí, gracias a esta exploración diaria.

En nuestra banda tenemos excelente músicos africanos y también un baterista norteamericano que está muy relacionado con los ritmos de nuestro continente. Además, hay artistas noruegos y los sumé al equipo porque me gusta tener esta variedad en el grupo. La integración de músicos de diferentes nacionalidades posibilita el surgimiento de esta mezcla que se escucha.

 

Teniendo en cuenta estas particularidades, ¿cómo ha sido acogida su música en los diferentes países?

Cada país es una experiencia diferente, aunque siempre trato de llegar sin expectativas. Me gusta más la idea de sorprenderme con la reacción del público o con la forma en que interpretamos la música en cada lugar. Intento trabajar en conexión con los espectadores que nunca son los mismos. Las personas que asisten a mis conciertos en Mozambique, en Sudáfrica o en Cuba son muy distintas a las que asisten en Noruega. El público de los países escandinavos es más reservado, lo cual no quiere decir que ellos no aprecien la música que les presentamos, sino que es otra forma de apreciarla. Muchos artistas se perturban cuando interpretan ante un público totalmente diferente a lo que ellos están acostumbrados y no reciben la acogida que esperaban. Por esas razones decido dejar las expectativas a un lado. Además, les digo a mis compañeros que no podemos hacer la misma música en todos los lugares porque el público es diferente y la conexión de nosotros con ellos también varía. La interpretación que hicimos en La Habana no se va a repetir, porque eso depende de muchos factores circunstanciales. Al final de una gira hemos tocado las mismas canciones, pero siempre es una experiencia singular.

Y, particularmente en África, ¿cómo ha sido la relación con el público?

Obviamente, cuando actuamos en África es muy singular la recepción del público, porque los elementos africanos están muy presentes en mi creación. Los integrantes del auditorio son capaces de relacionar lo que escuchan con su experiencia personal y saben en cada momento lo que va a suceder. Por esa razón, ocurre una explosión de emociones que no se vive en otro lugar.

Ivan Mazuze es mozambiqueño ante todo, eso lo demuestran sus declaraciones y su música que ha bebido en lo más profundo de la cultura de este país. En las interpretaciones incluye además del saxofón, el clarinete y la flauta, otros instrumentos tradicionales de Mozambique. Aunque, según confesó, el piano es su preferido: “Es muy cercano a mí porque fue el primer instrumento que toqué en mi niñez y pienso que es el centro de la creación”.

Los nombres de sus dos discos también reflejan el fuerte arraigo a sus raíces. Por ejemplo Maganda (2009), título de la primera producción discográfica, alude a su nombre tradicional. En Mozambique, explica, existe la costumbre de registrar a los niños con un nombre oficial, pero los abuelos siempre les asignan otro relacionado con el universo simbólico del territorio. “Y este fue el que me dio mi abuela. Maganda fue el medio para hacer honor a la tradición oral que existe en Mozambique y en África”. Por otra parte, Ndzuti (2012) —“sombra” en el antiguo lenguaje Xichangana del sur de Mozambique—, es su álbum más reciente y mezcla elementos de las costumbres de África Sur y Oeste con el jazz. Actualmente, trabaja en la conclusión de su tercer disco y continúa viajando por el mundo, compartiendo el escenario y la creación con otros artistas. Ivan Mazuze no cesa en su empeño de buscar nuevas almas musicales.